La fotografía encierra un momento que desde ese momento se convierte en pasado. Ya no está. Puede ser doloroso o puede ser gratificante. Esa fotografía la tienes en tu pantalla o en tus manos, pero la tienes tú solo. Haces con ella lo que quieras. Mantenerla o borrarla. Archivarla o recomendarla. Es tuya, no hay actores alrededor. Puedes llorarla o quererla. No dependes de una acusación directa.
En la literatura pasa algo parecido. Cuando escribes o cuando has escrito es pasado; pero también es presente y también es futuro. Moldeas, corriges, te dejas llevar. Vas hacia delante o vuelves cuando quieres. Avanzas, retrocedes, te quedas en el momento presente. Y si actúas, lo haces solo. No dependes del teatro. Dependes de ti. De tu estado cambiante. Del depende de tu día.
En la música, cuando actúas sobre un escenario eres un actor que actúa ante actores. Todo se hace interminable. Los preparativos, los saludos, los ajustes, el antes, el concierto, bajar del escenario, las palmaditas en la espalda, la adrenalina perdida que tienes que mantener ante los amigos-actores que ni siquiera conoces, las críticas, la perversidad de lo inagotable, el murmullo, la barra del bar. No estás solo, no puedes estar solo, aunque lo estés.
Hace tiempo escribí en alguna red social explicando que la música me hacía daño. Creo que muy poca gente me entendió. No me refería a la porquería de música que tenemos que soportar hoy en cualquier medio: televisión, radio, internet, autobús, en la calle... Me refería a la música que siempre me gustó. Esa música es un pasado que me daña, que no me puedo sacar de la cabeza, que no puedo eliminar como una foto o como un texto.
Volveré a tocar algún día. Cuando no haya nadie delante. Cuando lo que toque sea presente o futuro.
Gracias.
Y, ahora, un poco de spam. Os dejo por aquí algún enlace de mis libros por si os aburrís.